En los pasados posts
estuve hablando de los inicios de la Revolución Mexicana y el movimiento
constitucionalista para tratar de enseñarles algo que lejos de ser benéfico,
ayudó a destruir al país. A partir de la muerte de Madero se abrió la puerta a
una serie de matanzas que terminaron en 1928 con la muerte de Obregón. En esos
turbulentos tiempos, las principales peticiones eran referentes al problema
agrario y los derechos de los trabajadores ya que ambos asuntos fueron
ignorados por Madero en la primera etapa de la Revolución. Carranza tenía el
plan de deshacer los grandes latifundios y fundar pequeñas propiedades, modelo
sin duda basado en las granjas existentes en Estados Unidos. La posesión de los
recursos naturales fue uno de los proyectos de Carranza que sí fue incluido en el proyecto de constitución del
que hablare ahora.
A finales de 1916
Carranza convocó a un congreso constituyente para reformar la Constitución de
1857. La nueva carta magna debía estar lista el 5 de febrero del año siguiente.
En los siguientes meses se reunieron en el Teatro de la República los diputados
constituyentes, entre los que destaca el mexiquense Andrés Molina Enríquez, que
fue uno de los principales impulsores del derecho agrario plasmado en el
artículo 27. En mi opinión fue un tiempo bastante corto y por eso considero que
fue una constitución hecha al vapor, quizá por eso el modelo económico impuesto
por la Carta Magna lo que a la larga contribuiría a destruir la prosperidad conseguida
durante el Porfiriato. Ente los “derechos sociales” que se reconocieron en el
documento estaba el de vivienda digna, uno de los que ningún gobierno puede
cumplir cabalmente sin poner las finanzas públicas en riesgo. Además, la
reforma agraria destruyó la productividad del campo, con lo que la miseria en
este no solo no se solucionó, sino que empeoro aún más que con don Porfirio.
La promulgación de la
Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos se promulgó el 5 de
febrero de 1917 con bombo y platillo. Sus artículos más importantes fueron el 3
(derecho a la educación), 27 (la nación adquiere la propiedad de los recursos
naturales y Reforma Agraria) y 123 (derechos laborales). Desde luego que esto
no fue la solución mágica a los problemas que padecía México desde hacía
bastante tiempo, o por lo menos una buena parte de su población. Desde luego,
muchos de los lectores estarán de acuerdo en que para acabar con el régimen actual
se debe escribir una nueva constitución, lo que me temo que no va a constituir
cambio alguno de las cosas, y menos en los tiempos turbulentos que vivimos en
la actualidad. Nuestro principal problema es el de vernos como eternas víctimas
de intereses extranjeros “malvados” y de que el Estado debe ser el proveedor de
todos nosotros desde la cuna y hasta la tumba. No niego las buenas intenciones
de los constituyentes, pero a la larga hicieron mucho más daño. Y ahora con el
derecho al agua, pues nada más imagínense.
Carranza comenzó a tener
un gobierno al que le hacía agua el casco. Hubo una inflación generalizada, y
aunque los obreros recibían su paga puntualmente, su sueldo no les permitía
satisfacer sus necesidades más básicas, lo que derivó en una huelga generalizada
en todo el país. Para evitar la paralización de la economía, el presidente
revivió una ley que databa de 1862 para aplastar a los trabajadores sediciosos
mediante juicios militares y el paredón. Con esto, creo yo, se cae el mito de
Carranza amigo de los obreros. Sin embargo, los peores errores de Carranza
fueron sin duda la muerte de Emiliano Zapata y haber designado a Ignacio
Bonillas como su sucesor y no al general Álvaro Obregón. La muerte de Emiliano
Zapata no es como la pintan. Aunque el general Jesús Guajardo tenía órdenes
expresas de apresar a Zapata, ganándose su confianza, este quería matarlo, pero
lo que no se sabe es que Zapata desconfiaba de Guajardo, y el 10 de abril de
1919 en Chinameca el segundo simplemente disparó primero. También ordenó la
muerte de Felipe Ángeles, el brazo derecho de Villa. Sin embargo, la
candidatura de Bonillas hizo que se sublevara Obregón y Plutarco Elías Calles
contra Carranza. Los dos primeros tenían el control del ejército, y aunque
Carranza había ordenado la detención de Obregón, este huyó a Iguala. Hubo un
motín en Texcoco, cerca de la Ciudad de México, y el Barón de Cuatro Ciénegas
tuvo que huir rumbo a Veracruz. Sin embargo, habían volado la vía del tren y
tuvieron que seguir a caballo. Llegaron al poblado de Tlaxcalantongo, Puebla, y
se hospedaron en cabañas, donde la madrugada del 20 de mayo de 1920
acribillaron a Carranza a tiros. En la siguiente entrada el ascenso de Obregón
y el Maximato.
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