Con la victoria de Donald
Trump en las elecciones de Estados Unidos se acentúan nuestras debilidades políticas
y económicas. Queda claro que en nuestro país no se ha podido o querido
construir un sistema económico eficiente que permita salir de la horrible condición
de pobreza a millones de mexicanos, situación que los obliga a salir del país a
buscar las oportunidades que aquí no existen. Las causas de la situación actual
de nuestro país son complejas, una mezcla de dejadez, abuso, mentalidad de
eterna victimización y una corrupción política. Modelos económicos se
impusieron, demostraron su fracaso y fueron sustituidos por otros con la
promesa de que ahora si va a haber reducción de los índices de miseria. Tal parece
que estamos en un círculo vicioso del que no hemos podido (o querido) salir. El
preguntar hacía donde vamos es una pregunta válida que deberíamos hacernos
todos los mexicanos debido a que siempre hemos sido víctimas de las ocurrencias
de la clase política, y por lo tanto de nosotros mismos como ciudadanía.
Estamos a tres días de la
celebración del inicio de la Revolución Mexicana y en los últimos años yo me
pregunto si hay algo que celebrar. La revolución ha sido la causa de los males
que sufrimos los mexicanos desde entonces. La propaganda oficial muestra una
realidad totalmente contraria a lo que ve el ciudadano de a pie. Una reforma
agraria que prometía hacer más prósperos a los campesinos y no lo hizo,
derechos laborales que se ven bonitos únicamente en papel y tinta, un sistema
educativo que sirve para adoctrinar más que para educar y una propaganda que
sirve para maquillar más que para mostrar la realidad. Yo he llegado a una conclusión
bastante desalentadora para la mayoría: los partidos de derecha defienden a un
México que no existe y los de izquierda a uno que nunca ha existido. “Poca política
y mucha administración” era el lema del gobierno porfirista y ahora es lo
contrario: política hasta en la sopa y absolutamente nada de administración.
En realidad estamos en
una etapa bastante similar a la previa a la Reforma, con facciones políticas tremendamente
alérgicas a trabajar por nuestro beneficio como sociedad pero muy dispuestos a
tomarnos en consideración para llenar urnas en comicios. Actualmente la bandera
que parece llevar más agua a su molino es la del antineoliberalismo, bandera
portada por las izquierdas y apoyada por un puñado de ignorantes que no saben
ni siquiera en que consiste ese modelo y quiénes son sus principales teóricos. Se
rasgan la camisa por llamar corruptos a los que privatizaron empresas
paraestatales ineficientes, que irónicamente no han servido para el desarrollo
nacional pero sí para el enriquecimiento de unos cuantos. ¿De qué le ha servido
el petróleo a los más pobres, si no han salido de esa horrenda condición? Pemex
es un monopolio al igual que Telmex, ineficiente y corrupto, ambos son
saqueadores de rentas. Los mexicanos no tenemos tantas libertades económicas como
los países nórdicos que la izquierda pone de ejemplo de bienestar, al
contrario, lo que quieren es coartarlas para simular una prosperidad por medio
de populismo asistencialismo sin sentido. Este es el camino que han tomado los
gobiernos del “neoriberalismo2, el de los asistencialismos estériles, sin saber
que la tendencia neoliberal es reducir la dependencia de las personas hacia el
estado.
Tampoco hemos llegado al
neoliberalismo por la causa de que tenemos un desorden fiscal y presupuestario
demasiado grande. La caída del precio del barril de petróleo nos afectó de
manera especialmente grave al ser la principal fuente de divisas, las ganancias
representan el 30% del presupuesto de egresos de la federación y con la caída de
este fue cuando comenzó la depreciación del peso frente al dólar estadounidense.
Y con una reforma fiscal tendiente a sacar más dinero a las clases medias con
tal de mantener un tinglado asistencialista que no ayuda a bajar los índices de
pobreza pero es muy bien en la recolección de votos.
Lo mismo ocurre a nivel
local: la constitución de la Ciudad de México está diseñada para hacer entrar
votos en las urnas mediante los llamados “derechos sociales” sin saber que si
se llega a probar esa estupidez de documento van a matar la economía de la
capital de país. Desde luego, así no piensan los promotores de esa aberración,
que únicamente piensan en el capital electoral que pueden ganar en cara a las
elecciones de 2018. Este tipo de prácticas son las que nos tienen contra la
pared y ni la sociedad civil ni la clase política se dan cuenta de esto. Muchos
países ya se están sacudiendo el yugo del progresismo porque ha tenido
resultado eficaz matando la economía y llevando a la pobreza a muchos mientras
unos pocos disfrutan del trabajo de otros. Este es el camino que debemos evitar
para no orillar a nuestros connacionales a romper las leyes de otros países. Pero
al paso que vamos, parece imposible.
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