Acabamos de celebrar los
106 años del inicio de la Revolución Mexicana y estamos a poco menos de tres
meses del aniversario de la Constitución de 1917, y con lo agitado de la
situación global deberíamos hacer un análisis de los efectos que tuvo este
movimiento en la vida actual. La realidad es que el México moderno es el
resultado de lo ocurrido en el pasado, aunque únicamente la población recuerde
lo que ha venido ocurriendo en años recientes. En realidad lo ocurrido en la
actual administración es la explosión de problemas que se vienen cargando desde
hace décadas, en las que se han tomado decisiones que en el largo plazo han
hecho mucho daño. Todo esto desde luego que tiene solución, pero nadie ha
decidido tomar el toro por los cuernos. Y es que un movimiento que tenía por
objeto tirar un régimen dictatorial, sin embargo, este fue suplantado por otro
mucho peor.
En el momento que inició
el movimiento maderista (alrededor de 1908) el general Porfirio Díaz llevaba
gobernando el país por más de 30 años. El general vencedor de la República, se
acercaba a los 80 años y era el momento de elegir un sucesor. Los dos
personajes que se perfilaban como posibles sucesores eran el entonces
secretario de Hacienda, José Ives Limantour; y el gobernador de Nuevo León, el
general Bernardo Reyes. El primero de ellos fue uno de los mejores financieros
que ha tenido México, dejando una bajísima deuda y buenos ahorros a la nación (el
único periodo en el que se tuvo el tino de gastar menos de lo que ingresaba a
las arcas). El segundo, arquitecto del Nuevo León moderno, al impulsar la industria
en el estado, siendo actualmente uno de los más ricos de México y Monterrey, su
capital, es una de las ciudades más prosperas a nivel nacional al ser un
importante centro industrial. Sin embargo, todo empezó a apuntar que el sucesor
del general Díaz iba a ser el secretario de Gobernación, el cacique sonorense
Ramón Corral, que tenía fama de ser muy corrupto.
Por otro lado, las
palabras del general Díaz llegaron a oídos de una nueva generación (estas fueron
“México ya está maduro para la democracia”). En esta generación estaba un joven
originario de Coahuila, Francisco I. Madero. Según lo descrito por Armando
Fuentes Aguirre “Catón” (también originario de Coahuila) y Enrique Krauze, era
un creyente del espiritismo (aprendido durante sus años de estudio en Europa) y
en esas sesiones su hermano Raulito (muerto en un desafortunado accidente a la
edad de 4 años), un espíritu llamado José y el presidente Benito Juárez, le
dijeron que su destino era hacerle bien al prójimo y para eso debía involucrarse
en la política. Krauze y Catón también dicen que su libro “La sucesión presidencial
de 19102 fue escrito bajo el influjo espirita (quizá del tal José) y este le
dijo que debía participar en dichos comicios. Sin embargo, Madero era bastante
ingenuo, le faltaba malicia para andar en la política que a la larga fue lo que
le costó la vida. Eso sí, Madero era un idealista que sinceramente deseaba el
bien de sus connacionales, no negaba el impresionante progreso, pero tampoco
negaba la situación de muchos mexicanos que vivían en la miseria absoluta,
aunque no era generalizada (según Catón, ahora hay más miseria en México que
entonces).
Ahora bien, en el
Porfiriato México había alcanzado un desarrollo sin precedentes y una paz que
no se había logrado en todo el siglo XIX. Sin embargo, el general oaxaqueño
cometió el error fatal de creerse necesario para dirigir los destinos
nacionales y bloqueó a Reyes y a Limantour como posibles sucesores y con la
llegada de Ramón Corral a la vicepresidencia, que era bastante impopular y
tenía fama de corrupto, por lo que se generó una terrible controversia y se
llegaron a imaginar los peores escenarios posibles. Esto y la promesa de democratización
que había hecho Díaz fue lo que impulsó a Madero a participar en las elecciones
presidenciales de 1910. Peor aún: cometió el terrible error de encerrar a su
competidor en la cárcel de San Luis Potosí, de la que logró escapar en octubre
y huir a San Antonio, Texas, donde promulgó el Plan de San Luis, que a la
postre terminó por derrocarlo.
Sin embargo, la única victoria
importante de la revolución maderista fue la toma de Ciudad Juárez, que según Catón,
“era un villorrio insignificante”, y la renuncia de Porfirio Díaz se daría ante
la negativa de este de derramar sangre y partió al exilio junto con Ramón
Corral, ambos con rumbo a Europa. Sin embargo, como la dije, Madero era
profundamente ingenuo y pensó que la democratización del país era lo único necesario
para pacificar a la población. Como sabemos, con el tiempo eso le costó la vida
a él y desde luego, ensangrentó al país de manera impresionante durante 10
años, que por cierto, terminó como una lucha fratricida y sus supuestos logros
terminaron siendo un terrible fracaso tanto económico como social. En el próximo
post, el gobierno de Madero y la Decena Trágica.
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