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sábado, 19 de octubre de 2019

Receta para el desastre


Si uno se pone a analizar los desastres con detenimiento, realmente te das cuenta de que son una cadena de eventos que se fueron acumulando a lo largo del tiempo. Y lo ocurrido en Culiacán, Sinaloa el 17 de octubre pasado no fue la excepción. No son pocos los analistas políticos que vieron que una situación de esa naturaleza se presentaría tarde o temprano por los desatinos de López Obrador. Analizando la información de los diez meses que lleva de gobierno (e incluso antes) uno se podía imaginar que en el momento en el que se presentara una crisis de cualquier naturaleza no iba el gobierno a poder lidiar con ella y parece que fueron palabras proféticas. Y esto es porque el desafío de gobernar México siempre ha sido muy grande y son realmente muy pocos los gobernantes que han estado a la altura de titánica tarea.
Dicho lo anterior, la crisis de inseguridad actual, la del siglo XIX y la de la Revolución tienen un origen común: la debilidad del Estado al grado de no poder garantizar siquiera su propia existencia y en no pocas ocasiones hemos pagado un precio muy alto por dicha debilidad (la pérdida de la mitad del territorio en la guerra de 1847, por ejemplo). Hoy no es la excepción y la actual administración parece estar empeñada en dinamitar al Estado, aunque de manera inconsciente. Es cierto que la inseguridad es un problema heredado de las dos administraciones anteriores y que no fue otra cosa más que la demostración de su debilidad ante problemas que los rebasaban, pero la actual no lo está haciendo mejor sino al contrario: la violencia va en aumento y parece que no hay intenciones de enfrentar el problema. Al contrario, el presidente López Obrador se ha encerrado en su narrativa en donde piensa que su gobierno está haciendo las cosas bien aunque la terca y tirana realidad le diga lo contrario. Piensa que tomarse selfies con sus seguidores y viajar en vuelo comercial es estar cerca del pueblo, pero en realidad está muy alejado de los problemas reales que nos aquejan.
Les propongo un ejercicio: denle una leída (o por lo menos una hojeada) al plan de gobierno presentada en la campaña presidencial de López Obrador o al Plan Nacional de Desarrollo. Esto es porque parece que ambos documentos fueron redactados por estudiantes de preparatoria la noche antes de presentar un trabajo importante. Tan mal escritos están que la redacción de ciertos párrafos no hacen sentido con los demás, ni siquiera se dieron el tiempo de pasar el corrector ortográfico y hasta dejaron las notas con observaciones para los demás integrantes del equipo en el documento final. Eso a mí me habla de que los hicieron para salir del paso y con una desorganización terrible e improvisada. En otras palabras: ese par de documentos de suma importancia son el reflejo de una administración caótica en la que nadie sabe lo que está haciendo ni hacia donde va. Hasta para decir tonterías el gobierno de Peña Nieto se organizaba mejor (es otro el rubro de las deficiencias que causaron la debacle de su gobierno). En la actual administración cuando un secretario dice una cosa, el presidente lo desmiente al día siguiente. Con todo esto no me extraña que el operativo para capturar al hijo del Chapo Guzmán saliera con los resultados vistos.
Por otro lado, el presidente y su gabinete cometieron el gravísimo error de empoderar a los delincuentes con sus palabras y sus acciones. Expresiones como “fuchi, guacala la delincuencia” o “piensen en sus mamacitas, pórtense bien” tienen mucho poder aunque no lo parezca. Pero eso no es lo peor, pues dicen que una acción dice más que mil palabras. Las marchas ocurridas el 26 de septiembre y el 2 de octubre reflejaron la inacción del Estado frente a la delincuencia “por no querer reprimir al pueblo”. Y hay que agregar a eso que “los delincuentes también son pueblo”. Pero el mensaje más grave lo envía la novel Guardia Nacional, pues siempre que llegan a los lugares donde hay altos índices de delincuencia, particularmente donde impera el robo de combustible, la población puede correrlos a escobazos y pedradas. Todo esto empodera a los delincuentes al hacerles ver que pueden hacer lo que quieran sin que el Estado tome represalias. En Culiacán simplemente se vio que ya le tomaron la medida a la 4T y el presidente ni se dio cuenta por donde le llegaron. En otras palabras, la receta para el desastre estaba en la mesa, todos la vimos y dijimos que estaba ahí pero los que debieron tomar las medidas necesarias no lo hicieron cuando fue pertinente. Tiene razón Brozo: el gobierno entregó hasta las nalgas porque fueron acumulando una serie de errores que simplemente se tradujeron en lo ocurrido en Culiacán. La receta perfecta para el desastre.

viernes, 11 de octubre de 2019

Estado ausente


“El desgobierno de Peña Nieto”, una frase que no paraban de repetir los seguidores de López Obrador durante la pasada administración. Y ahora el presidente de la república es un ídolo con pies de barro. El mensaje que está mandando el presidente es dinamita pura que tarde o temprano le va a estallar en la cara. Y ese es que nuevamente el Estado Mexicano pasa por un periodo de debilidad y los problemas que vieron los mexicanos durante la mayor parte del siglo XIX y durante la Revolución Mexicana. Y el síntoma más importante de esa debilidad no es otro que la inseguridad pública: en el pasado, fueron los salteadores de caminos y ahora son los narcotraficantes y a pesar del cambio de nombre la crueldad de los crímenes cometidos es la misma, pero vivimos en un país que no aprende de sus errores. Y la causa de ambos casos es la misma: los pleitos de una clase política que es alérgica a dejar a un lado sus filias y fobias para buscar el bien nacional.
Y no sé qué demonios pasa por la cabeza de López Obrador o en la de Claudia Sheinbaum porque piensas que sus políticas están teniendo incidencias positivas en las personas a las que gobiernan. López Obrador, por ejemplo, se la vive de gira por todo el país viajando en avión comercial para “escuchar los reclamos del pueblo”. Sin embargo, la verdad es que su gobierno está alejado de sus gobernados a pesar de las selfies que el presidente se toma con sus seguidores en las terminales aéreas, pues se ha encerrado en una fantasía donde todas sus decisiones tienen un impacto positivo, pero la cruda y terca realidad dice lo contrario. El peor defecto de López Obrador es su enorme soberbia, que le ha llevado a pensar que es el único capaz de hacer las cosas bien. Y la falta de humildad de López Obrador (la humildad no tiene nada que ver con la riqueza material) nos está llevando al despeñadero (frase muy utilizada por el actual presidente para desprestigiar a Peña Nieto), y lo único que ha hecho es vapulear a sus antecesores y eso no ayuda a la delicada situación nacional. Mientras tanto, en la vida real (a la que el presidente es ajeno)  la delincuencia se apodera del país sin que alguien haga algo por evitarlo. Para ser un presidente que viaja en avión comercial, tiene trato directo con “el pueblo”, el gobierno de López está muy distanciado de los problemas. El presidente lo que vende es que con su simple presencia se van a resolver todos los problemas nacionales y ese es su mayor error. Todos los actos públicos del presidente ya tienen un guion previamente establecido con el fin de acallar a sus opositores ante la inacción en la resolución de los verdaderos problemas. En las pocas ocasiones en las que las cosas se han salido de esa narrativa se ha metido en serios aprietos (recordando el incidente con Jorge Ramos, al que por cierto los simpatizantes de López Obrador hasta hace poco le prendían incienso por criticar a Peña Nieto y a Calderón). Esto ya lo había advertido Brozo, al que criticaron los seguidores del presidente a pesar de que a sus razonamientos no les faltaba argumentos que los respaldaran. Y llegara el momento en que no podrá mantener esa narrativa.
Ya se vio durante las protestas del 26 de septiembre y del 2 de octubre, donde prácticamente la inacción de las autoridades capitalinas permitieron que se vandalizaran edificios, la quema de la librería Gandhi de la calle Madero y otros destrozos a locales comerciales sin que las autoridades hicieran algo. Lo que se le ocurrieron a las autoridades capitalinas fue hacer unos “cinturones de la paz” para poder contener las protestas formados por empleados públicos de la Ciudad de México y lo único que consiguieron fue que los agredieran lanzándoles pintura, pero la jefa de gobierno dice que “fueron todo un éxito”. Para agravar la situación, los estudiantes de normales rurales de Michoacán y del Estado de México se dedican a secuestrar autobuses con todo y sus operadores con la intención de chantajear al gobierno y de esa manera obtener respuesta positiva sus peticiones espurias como obtener plazas automáticas en detrimento de la calidad educativa. Ya ni hablamos de las protestas de los taxistas en contra de las plataformas digitales como Uber, Cabify, Didi Car, etcétera. El mensaje que están mandando es peligroso porque prácticamente le están diciendo a la delincuencia organizada que pueden hacer lo que quieran, y esto se manifiesta en las agresiones que sufre la novel Guardia Nacional a manos de pobladores que defienden a ladrones de combustible, narcos y otras basuras humanas. Pero vuelvo a insistir: la inseguridad no es otra cosa más que el síntoma más evidente de una enfermedad terrible: la ausencia del Estado. Se ha pasado de un gobierno represor con Gustavo Díaz Ordaz a uno prácticamente inexistente con López Obrador, y todo porque “no quieren reprimir al pueblo”. Lo malo es que con esto estamos entrando en una inercia de la que vamos a tardar muchos años en salir. Y en serio, espero no tener que ver que se ha llegado a tomar medidas extremas como las del general Porfirio Díaz: para acabar con los delincuentes no hubo de otra más que matarlos y colgar sus cadáveres del árbol más cercano como advertencia…