Si uno se pone a analizar
los desastres con detenimiento, realmente te das cuenta de que son una cadena
de eventos que se fueron acumulando a lo largo del tiempo. Y lo ocurrido en
Culiacán, Sinaloa el 17 de octubre pasado no fue la excepción. No son pocos los
analistas políticos que vieron que una situación de esa naturaleza se
presentaría tarde o temprano por los desatinos de López Obrador. Analizando la información
de los diez meses que lleva de gobierno (e incluso antes) uno se podía imaginar
que en el momento en el que se presentara una crisis de cualquier naturaleza no
iba el gobierno a poder lidiar con ella y parece que fueron palabras
proféticas. Y esto es porque el desafío de gobernar México siempre ha sido muy
grande y son realmente muy pocos los gobernantes que han estado a la altura de titánica
tarea.
Dicho lo anterior, la
crisis de inseguridad actual, la del siglo XIX y la de la Revolución tienen un
origen común: la debilidad del Estado al grado de no poder garantizar siquiera
su propia existencia y en no pocas ocasiones hemos pagado un precio muy alto
por dicha debilidad (la pérdida de la mitad del territorio en la guerra de
1847, por ejemplo). Hoy no es la excepción y la actual administración parece
estar empeñada en dinamitar al Estado, aunque de manera inconsciente. Es cierto
que la inseguridad es un problema heredado de las dos administraciones
anteriores y que no fue otra cosa más que la demostración de su debilidad ante
problemas que los rebasaban, pero la actual no lo está haciendo mejor sino al
contrario: la violencia va en aumento y parece que no hay intenciones de
enfrentar el problema. Al contrario, el presidente López Obrador se ha
encerrado en su narrativa en donde piensa que su gobierno está haciendo las
cosas bien aunque la terca y tirana realidad le diga lo contrario. Piensa que
tomarse selfies con sus seguidores y viajar en vuelo comercial es estar cerca
del pueblo, pero en realidad está muy alejado de los problemas reales que nos
aquejan.
Les propongo un
ejercicio: denle una leída (o por lo menos una hojeada) al plan de gobierno
presentada en la campaña presidencial de López Obrador o al Plan Nacional de
Desarrollo. Esto es porque parece que ambos documentos fueron redactados por
estudiantes de preparatoria la noche antes de presentar un trabajo importante. Tan
mal escritos están que la redacción de ciertos párrafos no hacen sentido con
los demás, ni siquiera se dieron el tiempo de pasar el corrector ortográfico y
hasta dejaron las notas con observaciones para los demás integrantes del equipo
en el documento final. Eso a mí me habla de que los hicieron para salir del
paso y con una desorganización terrible e improvisada. En otras palabras: ese
par de documentos de suma importancia son el reflejo de una administración caótica
en la que nadie sabe lo que está haciendo ni hacia donde va. Hasta para decir
tonterías el gobierno de Peña Nieto se organizaba mejor (es otro el rubro de
las deficiencias que causaron la debacle de su gobierno). En la actual administración
cuando un secretario dice una cosa, el presidente lo desmiente al día
siguiente. Con todo esto no me extraña que el operativo para capturar al hijo
del Chapo Guzmán saliera con los resultados vistos.
Por otro lado, el
presidente y su gabinete cometieron el gravísimo error de empoderar a los
delincuentes con sus palabras y sus acciones. Expresiones como “fuchi, guacala
la delincuencia” o “piensen en sus mamacitas, pórtense bien” tienen mucho poder
aunque no lo parezca. Pero eso no es lo peor, pues dicen que una acción dice
más que mil palabras. Las marchas ocurridas el 26 de septiembre y el 2 de
octubre reflejaron la inacción del Estado frente a la delincuencia “por no
querer reprimir al pueblo”. Y hay que agregar a eso que “los delincuentes también
son pueblo”. Pero el mensaje más grave lo envía la novel Guardia Nacional, pues
siempre que llegan a los lugares donde hay altos índices de delincuencia,
particularmente donde impera el robo de combustible, la población puede correrlos
a escobazos y pedradas. Todo esto empodera a los delincuentes al hacerles ver
que pueden hacer lo que quieran sin que el Estado tome represalias. En Culiacán
simplemente se vio que ya le tomaron la medida a la 4T y el presidente ni se dio
cuenta por donde le llegaron. En otras palabras, la receta para el desastre
estaba en la mesa, todos la vimos y dijimos que estaba ahí pero los que
debieron tomar las medidas necesarias no lo hicieron cuando fue pertinente. Tiene
razón Brozo: el gobierno entregó hasta las nalgas porque fueron acumulando una
serie de errores que simplemente se tradujeron en lo ocurrido en Culiacán. La
receta perfecta para el desastre.
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