“El desgobierno de Peña
Nieto”, una frase que no paraban de repetir los seguidores de López Obrador
durante la pasada administración. Y ahora el presidente de la república es un
ídolo con pies de barro. El mensaje que está mandando el presidente es dinamita
pura que tarde o temprano le va a estallar en la cara. Y ese es que nuevamente
el Estado Mexicano pasa por un periodo de debilidad y los problemas que vieron
los mexicanos durante la mayor parte del siglo XIX y durante la Revolución
Mexicana. Y el síntoma más importante de esa debilidad no es otro que la
inseguridad pública: en el pasado, fueron los salteadores de caminos y ahora
son los narcotraficantes y a pesar del cambio de nombre la crueldad de los crímenes
cometidos es la misma, pero vivimos en un país que no aprende de sus errores. Y
la causa de ambos casos es la misma: los pleitos de una clase política que es alérgica
a dejar a un lado sus filias y fobias para buscar el bien nacional.
Y no sé qué demonios pasa
por la cabeza de López Obrador o en la de Claudia Sheinbaum porque piensas que
sus políticas están teniendo incidencias positivas en las personas a las que
gobiernan. López Obrador, por ejemplo, se la vive de gira por todo el país viajando
en avión comercial para “escuchar los reclamos del pueblo”. Sin embargo, la
verdad es que su gobierno está alejado de sus gobernados a pesar de las selfies
que el presidente se toma con sus seguidores en las terminales aéreas, pues se
ha encerrado en una fantasía donde todas sus decisiones tienen un impacto
positivo, pero la cruda y terca realidad dice lo contrario. El peor defecto de
López Obrador es su enorme soberbia, que le ha llevado a pensar que es el único
capaz de hacer las cosas bien. Y la falta de humildad de López Obrador (la
humildad no tiene nada que ver con la riqueza material) nos está llevando al
despeñadero (frase muy utilizada por el actual presidente para desprestigiar a
Peña Nieto), y lo único que ha hecho es vapulear a sus antecesores y eso no
ayuda a la delicada situación nacional. Mientras tanto, en la
vida real (a la que el presidente es ajeno)
la delincuencia se apodera del país sin que alguien haga algo por
evitarlo. Para ser un presidente que viaja en avión comercial, tiene trato
directo con “el pueblo”, el gobierno de López está muy distanciado de los
problemas. El presidente lo que vende es que con su simple presencia se van a
resolver todos los problemas nacionales y ese es su mayor error. Todos los actos
públicos del presidente ya tienen un guion previamente establecido con el fin
de acallar a sus opositores ante la inacción en la resolución de los verdaderos
problemas. En las pocas ocasiones en las que las cosas se han salido de esa
narrativa se ha metido en serios aprietos (recordando el incidente con Jorge
Ramos, al que por cierto los simpatizantes de López Obrador hasta hace poco le prendían
incienso por criticar a Peña Nieto y a Calderón). Esto ya lo había advertido Brozo,
al que criticaron los seguidores del presidente a pesar de que a sus razonamientos
no les faltaba argumentos que los respaldaran. Y llegara el momento en que no podrá
mantener esa narrativa.
Ya se vio durante las
protestas del 26 de septiembre y del 2 de octubre, donde prácticamente la inacción
de las autoridades capitalinas permitieron que se vandalizaran edificios, la
quema de la librería Gandhi de la calle Madero y otros destrozos a locales
comerciales sin que las autoridades hicieran algo. Lo que se le ocurrieron a
las autoridades capitalinas fue hacer unos “cinturones de la paz” para poder
contener las protestas formados por empleados públicos de la Ciudad de México y
lo único que consiguieron fue que los agredieran lanzándoles pintura, pero la
jefa de gobierno dice que “fueron todo un éxito”. Para agravar la situación,
los estudiantes de normales rurales de Michoacán y del Estado de México se
dedican a secuestrar autobuses con todo y sus operadores con la intención de
chantajear al gobierno y de esa manera obtener respuesta positiva sus
peticiones espurias como obtener plazas automáticas en detrimento de la calidad
educativa. Ya ni hablamos de las protestas de los taxistas en contra de las
plataformas digitales como Uber, Cabify, Didi Car, etcétera. El mensaje que
están mandando es peligroso porque prácticamente le están diciendo a la
delincuencia organizada que pueden hacer lo que quieran, y esto se manifiesta en
las agresiones que sufre la novel Guardia Nacional a manos de pobladores que
defienden a ladrones de combustible, narcos y otras basuras humanas. Pero
vuelvo a insistir: la inseguridad no es otra cosa más que el síntoma más evidente
de una enfermedad terrible: la ausencia del Estado. Se ha pasado de un gobierno
represor con Gustavo Díaz Ordaz a uno prácticamente inexistente con López
Obrador, y todo porque “no quieren reprimir al pueblo”. Lo malo es que con esto
estamos entrando en una inercia de la que vamos a tardar muchos años en salir.
Y en serio, espero no tener que ver que se ha llegado a tomar medidas extremas
como las del general Porfirio Díaz: para acabar con los delincuentes no hubo de
otra más que matarlos y colgar sus cadáveres del árbol más cercano como
advertencia…
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Se acepta todo tipo de comentarios, menos insultos hacia el público o al editor.