Si hay algo que es
todavía más nocivo que la corrupción, porque cuesta más, es la mala
administración. La corrupción puede dejar daños en el erario, pero nada
comparado con los que deja una deficiente administración de los recursos
públicos. México ha pasado por los dos tipos de gobierno: Miguel Alemán era muy
corrupto pero era buen administrador; Luis Echeverría era honrado pero pésimo
administrador. La respuesta a cuál de los dos fue peor es más que obvia: Luis
Echeverría al dejar a un país quebrado y con una inflación creciente. No voy a
negar que la corrupción es un flagelo que nos daña y por eso se debe castiga, pero la mala administración
no es un delito y puede provocar más daño. Se habla de mala administración cuando
se gastan más recursos de los que se ingresan mientras el gobierno se endeuda
de manera creciente. Esto es lo que ocurre con nuestro país actualmente.
Primero tenemos que ver
de dónde venimos, y la verdad es que ese lugar pues no es muy alentador que
digamos. Uno de los secretarios de Hacienda más criticados de los últimos
tiempos porque fue bastante mal administrador fue Luis Videgaray. Durante el sexenio
de Enrique Peña Nieto la deuda externa aumentó de manera importante, aunque no
al grado de comprometer las finanzas públicas. Además, la caja chica del gobierno,
PEMEX, se endeudó por el 97% de sus activos, por lo que las finanzas públicas
quedaron aún más comprometidas. A lo que voy: las finanzas públicas entregadas
a la administración actual ya venían mal. A pesar de esto, algo que le aplaudo
a la administración de Peña Nieto fue la creación de Fondo de Estabilización de
los Ingresos Presupuestarios (FEIP), creado durante la gestión de José Antonio
Meade en Hacienda. Este es un fondo de ahorro para los imprevistos en el presupuesto
de egresos. Al FEIP se le depositaba cierta cantidad de dinero proveniente del
erario. Lo que sí criticó es que de ese dinero es que en la medida de lo
posible es mejor no verse en la penosa necesidad de usarlo, pero con el aumento
de la deuda pública esa necesidad llegaría en cuestión de tiempo.
Con la administración de
López Obrador las cosas no van mejor puesto que el año pasado terminó con una contracción
del 0.1% del PIB. Con esta caída en la economía, la recaudación fiscal también se
reduce, por lo que los ingresos del gobierno también cayeron. Pero los egresos
aumentaron por la manía del presidente por regalar dinero a diestra y siniestra
y por gastarlo en proyectos sin pies ni cabeza. Proyectos como la refinería de
Dos Bocas, el aeropuerto de Santa Lucía y el Tren Maya no tienen ninguna planeación
y podrían costar mucho más de lo que nos quieren vender. El caso del aeropuerto
es el mejor estudiado puesto que la debacle económica se precipitó de ahí. Cuando
se suman los costos de cancelar el NAIM: el pago a los inversionistas, la
demolición de lo construido ahí, la infraestructura que requiere Santa Lucía y
los crecientes costos del mismo aeropuerto el ahorro de 100 mil millones de
pesos se desvanece. Y es solo una pequeña muestra de que no saben administrar. Esta
es la razón por la que Carlos Urzúa renunció a la Secretaría de Hacienda,
puesto que tuvo diferencias irreconciliables con el presidente debido a sus
ideas irresponsables financieramente hablando. Esto debería preocuparnos porque
es la recete perfecta para el desastre: la crisis económica. Pero al presidente
solo le interesa quedar bien con sus seguidores. Terrible, porque cuando la
bomba estalle, absolutamente todos, seguidores o no, vamos a pagar por los
platos rotos.
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