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miércoles, 26 de febrero de 2020

Mala administración.


Si hay algo que es todavía más nocivo que la corrupción, porque cuesta más, es la mala administración. La corrupción puede dejar daños en el erario, pero nada comparado con los que deja una deficiente administración de los recursos públicos. México ha pasado por los dos tipos de gobierno: Miguel Alemán era muy corrupto pero era buen administrador; Luis Echeverría era honrado pero pésimo administrador. La respuesta a cuál de los dos fue peor es más que obvia: Luis Echeverría al dejar a un país quebrado y con una inflación creciente. No voy a negar que la corrupción es un flagelo que nos daña y  por eso se debe castiga, pero la mala administración no es un delito y puede provocar más daño. Se habla de mala administración cuando se gastan más recursos de los que se ingresan mientras el gobierno se endeuda de manera creciente. Esto es lo que ocurre con nuestro país actualmente.

Primero tenemos que ver de dónde venimos, y la verdad es que ese lugar pues no es muy alentador que digamos. Uno de los secretarios de Hacienda más criticados de los últimos tiempos porque fue bastante mal administrador fue Luis Videgaray. Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto la deuda externa aumentó de manera importante, aunque no al grado de comprometer las finanzas públicas. Además, la caja chica del gobierno, PEMEX, se endeudó por el 97% de sus activos, por lo que las finanzas públicas quedaron aún más comprometidas. A lo que voy: las finanzas públicas entregadas a la administración actual ya venían mal. A pesar de esto, algo que le aplaudo a la administración de Peña Nieto fue la creación de Fondo de Estabilización de los Ingresos Presupuestarios (FEIP), creado durante la gestión de José Antonio Meade en Hacienda. Este es un fondo de ahorro para los imprevistos en el presupuesto de egresos. Al FEIP se le depositaba cierta cantidad de dinero proveniente del erario. Lo que sí criticó es que de ese dinero es que en la medida de lo posible es mejor no verse en la penosa necesidad de usarlo, pero con el aumento de la deuda pública esa necesidad llegaría en cuestión de tiempo.

Con la administración de López Obrador las cosas no van mejor puesto que el año pasado terminó con una contracción del 0.1% del PIB. Con esta caída en la economía, la recaudación fiscal también se reduce, por lo que los ingresos del gobierno también cayeron. Pero los egresos aumentaron por la manía del presidente por regalar dinero a diestra y siniestra y por gastarlo en proyectos sin pies ni cabeza. Proyectos como la refinería de Dos Bocas, el aeropuerto de Santa Lucía y el Tren Maya no tienen ninguna planeación y podrían costar mucho más de lo que nos quieren vender. El caso del aeropuerto es el mejor estudiado puesto que la debacle económica se precipitó de ahí. Cuando se suman los costos de cancelar el NAIM: el pago a los inversionistas, la demolición de lo construido ahí, la infraestructura que requiere Santa Lucía y los crecientes costos del mismo aeropuerto el ahorro de 100 mil millones de pesos se desvanece. Y es solo una pequeña muestra de que no saben administrar. Esta es la razón por la que Carlos Urzúa renunció a la Secretaría de Hacienda, puesto que tuvo diferencias irreconciliables con el presidente debido a sus ideas irresponsables financieramente hablando. Esto debería preocuparnos porque es la recete perfecta para el desastre: la crisis económica. Pero al presidente solo le interesa quedar bien con sus seguidores. Terrible, porque cuando la bomba estalle, absolutamente todos, seguidores o no, vamos a pagar por los platos rotos.

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