El 1 de julio entró en
vigor el nuevo Tratado de Libre Comercio, conocido como T-MEC por sus siglas en
inglés, y que fue resultado de las peticiones del presidente de Estados Unidos,
Donald Trump. Las negociaciones fueron muy tensas y le tocó el paquete al
gobierno de Enrique Peña Nieto, que ciertamente sí la supo hacer en unas
pláticas bastante difíciles. Este finalmente se firmó el 30 de noviembre de
2018, es decir, el último día del gobierno de Peña Nieto y en el que se
modificaron cosas como el contenido de partes americanas en los automóviles,
tema delicado porque en México se producen autopartes de manera masiva tanto
para las armadoras que hay en el país como para las que se encuentran en
Estados Unidos y Canadá. Pero lo más importante y preocupante se debe a que el
presidente López Obrador está fincando todas sus esperanzas para levantar la
economía que desgració con sus políticas erradas e improvisadas y que nos están
costando empleos con todo lo que conlleva el incremento de las personas
desocupadas como aumentos en la pobreza además de las afectaciones a las arcas
públicas.
En el marco del segundo aniversario del
triunfo de López Obrador hay detalles que hay que destacar. Para empezar, el
hecho de que los festejos fueron bastante desangelados, no solo por el encierro
forzado producto de la pandemia sino porque en redes sociales ya no se defiende
al presidente como al principio de su mandato y de hecho parecía más un día de
luto que una fiesta. El presidente quiere presentar el nuevo tratado como un
logro de su gobierno a pesar de que las negociaciones no habían comenzado
durante las negociaciones. El que tuvo que lidiar con ese toro fue Peña Nieto
con la asistencia de su gabinete, que para la capacidad que tenían y que yo
siempre he criticado lo hicieron bastante bien. López Obrador piensa que las
inversiones van a llegar a caudales, pero se necesita algo más que un tratado
comercial para atraer inversión extranjera pues lo principal es ganarse la
confianza de los dueños del capital de tal modo que puedan poner a trabajar su
dinero con riesgos mínimos de perderlo y obtener jugosas ganancias. Sin embargo,
este gobierno se ha dedicado a espantar tanto las inversiones nacionales como
extranjeras con sus dimes y diretes de tal modo que es poco probable que
lleguen en el caudal que desea el presidente y que es muy necesario.
Se le ha dicho una y mil
veces al presidente que con sus consultas amañadas hacen mucho daño. Y vaya que
lo hacen puesto que el primer acto de gobierno fue cancelar el aeropuerto
mediante este mecanismo nefasto y eso solo fue la primera puñalada a la economía.
A esto hay que agregar a a la banda infernal de Rocío Nahle, Octavio Romero y
Manuel Bartlett con la cancelación de las rondas petroleras cuyos contratos
fueron calificados como “leoninos”, los cambios de reglas en lo referente a energías
renovables y ahora otra vez los gasoductos por la termoeléctrica de la empresa
española Iberdrola y lo que se junte en el futuro. A esto hay que agregar la
planta de Constellation Brands en Mexicali que se canceló con otra consulta
amañada. Con estos antecedentes el presidente está loco si está esperando una
avalancha de inversiones con el T-MEC porque también se necesita certeza jurídica
para que animen los inversionistas a arriesgar sus capitales en México. Se hizo
mucho este año y medio para perder el grado de inversión del país con todo lo
anterior. Esto también ha traído problemas legales como la suspensión judicial
del acuerdo firmado por Rocío Nahle y Bartlett para limitar la distribución de
electricidad proveniente de energías renovables, llamando incluso a los
inversionistas como “conquistadores”.
Todo lo anterior se va a
traducir en menor bienestar para todos nosotros por el desempleo y la
consiguiente pobreza por la falta de ingresos. Pero al presidente no le importa
el asunto puesto que estoy convencido de que está pensando que puede suplir la
falta de ingresos por desempleo con programas sociales pero la presión de las
finanzas públicas a aumentar radicalmente. Pero eso no es lo peor puesto que
López Obrador se auto invitó en visita de Estado a Estados Unidos para “agradecer”
a Donald Trump el 8 y 9 de julio y vaya que empieza mal la visita desde ahora,
antes de salir. Para empezar, la casa donde normalmente se hospedan los mandatarios
en van a Washington en visita de Estado está presuntamente en remodelación y al
presidente de México le van a pagar un hotel a cuenta de la Casa Blanca. Con esa
grosería yo francamente cancelaba la visita de Estado o por lo menos la pospondría
con cualquier pretexto. Es evidente que a pesar de todo, Trump no le tiene
tanto aprecio a López Obrador como se decía, se rumoraba y se comentaba hasta
hace no mucho tiempo. Yo ya me imaginaba que el presidente solo iba a hacer el ridículo
Llendo a visitar a Trump pero esta grosería rebasa con creces las expectativas
que tenía. Además, Trump estoy seguro de que tiene cuentas pendientes con López
Obrador por asuntos como López Obrador por lo de Ovidio Guamán, las empresas de
energías renovables y quizá hasta la planta de Constellation Brands, las
últimas tres tienen que ver con el T-MEC. Pero en fin, el emperador va desnudo
y ahora con todo esto espero que se dé cuenta de sus limitaciones.
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