El día 5 de febrero de
este año se celebran 100 años de la promulgación de la constitución que
actualmente nos rige. Claro que yo soy muy escéptico de esas celebraciones de
un documento que lleva un siglo siendo letra muerta gracias a una clase política
de costumbres autoritarias cleptómanas. Y el hecho de que llevamos tres
documentos de este tipo en cerca de 200 años de independencia debería darnos
cuenta de que no son nuestras leyes las que están mal. Y es que no solo en
México, sino en toda Latinoamérica la gente desconfía de su gobierno pero desea
que el Estado se haga cargo de cada uno desde la cuna y hasta la sepultura. Esto
es necesario decirlo puesto que en cada aniversario de la constitución no
faltan los grupos o personas que solicitan un nuevo congreso constituyente que
redacte una nueva Carta Magna, pero después de ver la actuación de los
constituyentes de la Ciudad de México gracias pero no gracias.
Esto lo digo debido a que
la clase política es la primera en proponer leyes y también son los primeros en
violarlas de tajo. Este tipo de conductas han sido la base de nuestro fracaso
como nación, que curiosamente se exacerba más en tiempos en los que la
democracia es el signo principal de nuestro pueblo. Entonces queda claro que no
importa cuántas constituciones sean promulgadas, todas van a quedar en letra
muerta mientras dejemos que la clase política nos vea la cara de tontos. En muchas
épocas de nuestra vida independiente la clase política ha usado al pueblo para
hacerse con el poder y darnos una patada cuando lo tienen. El día de hoy dudo
mucho que sea la excepción con la petición de salida de Peña Nieto de la
presidencia por parte de la oposición y únicamente para fallar en lo mismo que
el gobierno actual. Me queda claro que hemos tocado fondo nuevamente, y también
concluyó que una nueva constitución no va a hacer mucha diferencia en el
futuro.
En esto tiempos basta con
ver las aberraciones que quieren incluir en la Constitución de la Ciudad de
México como derechos a los vendedores ambulantes, confiscar la plusvalía, alimentación
adecuada y un sinnúmero de estupideces que no tienen más objeto que captar
votos para las aspiraciones presidenciales de Miguel Ángel Mancera en 2018. Con
esto uno se puede dar idea de cómo sería el congreso constituyente federal
dando derechos a diestra y siniestra para grupos facticos de la nación y si así
no podemos quitárnoslos de encima con una constitución como al de la Ciudad de
México menos vamos a poder hacer. Ya tuvimos ese problema con la Constitución
de 1917, donde se propusieron un montón de derechos que el gobierno federal
nunca podrá cumplir, como el de vivienda digna, más aún cuando este tipo de
derechos han arruinado la economía de países más desarrollados que el nuestro. El
segundo derecho que no se ha podido cumplir ni se cumplirá es el de un salario mínimo
suficiente puesto que con las continuas devaluaciones de moneda y una inflación
permanente será imposible conseguir que el salario mínimo sea suficiente. Ni hablar
de la Reforma Agraria, puesto se hizo mal y los resultados están a la vista de
todos: abandono del acampo y el hecho de que la mayoría de los productores estén
en la pobreza y tengan que emigrar a otros países incluso quebrantando leyes
extranjeras.
Con todo lo anterior
quedan claras dos cosas: el solo hecho de escribir una constitución no se va a
cambiar el statu quo o que hay cosas que solo se quedan en buenas intenciones
como los derechos sociales que se incluyen en estos documentos y luego hacen
que la gente proteste porque “se está atentando contra sus derechos”. Es en
otros rubros donde la constitución ha sido modificada para que el gobierno haga
lo que le plazca. La más famosa de estas manifestaciones estoy convencido de
que fue la del artículo 28, al que se le agregó un párrafo en el que no se
consideran monopolios las actividades económicas del gobierno y esto le
permitió al estado monopolizar la industria petrolera con los resultados ya
vistos. Sin embargo, el adoctrinamiento a través de la historia oficial hizo
que la mayoría de los mexicanos defiendan este tipo de aberraciones al grito de
“auxilio, socorro, nos roban el petróleo”. Las consecuencias están a la vista:
estancamiento de la empresa, corrupción y abandono de la misma, quedando muy
claro que se deben hacer cambios muy sustanciales en el ramo. Sin embargo,
nadie quiere aceptar los cambios en dicha materia, que no son la panacea pero
sí puede ayudar a desarrollarnos. Pero lo más importante: el cambio más radical
para nuestro país no vendrá de una nueva constitución, sino de un cambio de
mentalidad de parte de los mexicanos.
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