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miércoles, 6 de diciembre de 2017

La presidencia imperial

Continuando con la campaña presidencial en esta ocasión tomare prestado el título de una de las obras más importantes del historiador Enrique Krauze. Esto es porque ahora me sirve para darle nombre a esta entrada debido a que, al igual que los presidentes priistas esbozados por Krauze en su novela, todavía hay personas que piensan que el presidente tiene y debe tener el control absoluto del país. Esto es porque la mayor parte del siglo pasado el presidente de la república se comportaba como un emperador absoluto que hacía y deshacía en el país a capricho durante seis años. El monarca en turno nombraba a los gobernadores, presidentes municipales y a los ministros de la Suprema Corte de acuerdo a su criterio y pobre de aquel que osara cuestionarlo. A los que se atrevieron a poner en entredicho la autoridad prácticamente divina del presidente eran perseguidos por el gobierno de manera atroz llegando incluso a provocarles la muerte a los disidentes para evitar el descontento de la población a la que la Revolución no hizo justicia.
Para realizar lo anterior el PRI se valió de recursos para atar a la población mexicana a la estructura partidista con las organizaciones del llamado “sector popular”. Para lograrlo se ofrecieron beneficios de manera demagógica y como en el tiempo en el que este proceso se dio la mayoría de la población era analfabeta era lógico que pegaran entre la gente. Las propuestas fueron llevadas a la realidad fueron la Reforma Agraria, prestaciones imposibles de pagar, dinero a diestra y siniestra y barbaridades de ese estilo. Para garantizar el control de las futuras generaciones se manipuló la educación para adoctrinar a las personas desde temprana edad justificando los diez años de matanzas por el poder que representó la Revolución y de ese modo ocultar que se habían destruido los logros del Porfiriato. Además, como lo señala Enrique Krauze en su novela: “la familia revolucionaria hizo un pacto para guardar sus sucios secretos en un armario bajo doble llave”. El “pan o palo” de Porfirio Díaz fue retomado por el PRI ya que si no estabas con el régimen te ofrecía el pan en un principio y si no lo aceptabas venía el palo que era básicamente persecución política. Con todo lo anterior no es de extrañarse que el tricolor se perpetuara en el poder durante 70 años o que el escritor peruano Mario Vargas Llosa lo calificara como la “Dictadura Perfecta”. Actualmente el mexicano promedio es contradictorio: dice odiar al PRI y su régimen pero no puede dejar de defender los supuestos beneficios ofrecidos demagógicamente por el partido. El adoctrinamiento en su máxima expresión.
Lo anterior es más aplicable a Andrés Manuel López Obrador que a José Antonio Meade y cualquier persona que sepa la historia del PRI lo nota. MORENA está todavía en sus inicios y al igual que el tricolor comenzó con alianzas con el llamado “sector popular”. Las alianzas hechas con  sindicatos charros como la CNTE y el SME responden a esta afirmación. Les está ofreciendo a ambos gremios la preservación de sus privilegios inaceptables a cambio de su apoyo, siendo la CNTE el más conocido al querer derogar la reforma educativo y permitir seguir con la compra, venta y herencia de plazas que es muy rentable para el sindicato y muy dañina para la educación. En segundo lugar está el poder absoluto que tiene al interior de su estructura partidista: en MORENA nada se mueve sin el visto bueno de López Obrador, sí, del mismo modo que en los tiempos de Plutarco Elías Calles donde nada se hacía sin su consentimiento. Por lo tanto, López Obrador no tiene cara para criticar y menos para reprochar lo que hizo el PRI en nuestro país, al menos no desde ese punto. La incongruencia del mexicano de odiar al PRI pero alabar los supuestos logros de su régimen se ve en los seguidores de López Obrador. Todas sus propuestas, hasta su programa económico, son tomadas del partido y régimen que dice odiar. Su programa económico fue tomado de las políticas de Luis Echeverría y José López Portillo que fueron la causa de la crisis de 1982 y el actual estancamiento de nuestro país.

Sin embargo, tampoco crean que el candidato del PRI, José Antonio Meade sale tan bien parado en esta entrada porque de él hay que decir algunas cosas. El apoyo de los sectores más rancios del PRI es la prueba más clara de que con el no van a cambiar las cosas en el país, ni para bien ni para mal. El que Mead sea el candidato del partido de gobierno corresponde sin duda a una estrategia mediática porque él no milita en el tricolor. Esto es benéfico, o por lo menos esa es la lógica a seguir para el PRI porque se supone que no tiene las mañas de los que sí son militantes. Sin embargo, el apoyo de las más arraigadas estructuras del partido y el tener la consigna de tener bajo doble llave los secretos más sucios de la familia revolucionaria es grave por lo que la impunidad puede continuar de llegar a la presidencia. Esto es particularmente grave en el contexto electoral actual en el que los votantes desean transparencia y hay que agregar los escándalos recientes como los gobernadores prófugos o los sobornos que supuestamente otorgaron los directivos de la empresa brasileña Odebrecht a Emilio Lozoya durante la campaña de Enrique Peña Nieto, que fueron a dar a las cuentas de esta y que a cambio se les concederían contratos públicos en caso de llegar a la presidencia que en realidad ocurrió. Además, le echaron más leña al fuego al destituir al titular de la FEPADE justo cuando investigaba el caso. Dedazo, palo a los cuestionamientos y apoyo de los sectores populares más rancios demuestran que el tricolor no aprendió de sus errores en los 12 años que estuvo fuera de la presidencia. Aunque lo más grave es que en esos mismos años otros partidos hayan copiado dichos vicios. Hace un tiempo hice una pregunta bastante alarmante: ¿En dónde estamos parados?      

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