Continuando con la
campaña presidencial en esta ocasión tomare prestado el título de una de las
obras más importantes del historiador Enrique Krauze. Esto es porque ahora me
sirve para darle nombre a esta entrada debido a que, al igual que los presidentes
priistas esbozados por Krauze en su novela, todavía hay personas que piensan
que el presidente tiene y debe tener el control absoluto del país. Esto es
porque la mayor parte del siglo pasado el presidente de la república se
comportaba como un emperador absoluto que hacía y deshacía en el país a
capricho durante seis años. El monarca en turno nombraba a los gobernadores,
presidentes municipales y a los ministros de la Suprema Corte de acuerdo a su
criterio y pobre de aquel que osara cuestionarlo. A los que se atrevieron a
poner en entredicho la autoridad prácticamente divina del presidente eran
perseguidos por el gobierno de manera atroz llegando incluso a provocarles la
muerte a los disidentes para evitar el descontento de la población a la que la
Revolución no hizo justicia.
Para realizar lo anterior
el PRI se valió de recursos para atar a la población mexicana a la estructura
partidista con las organizaciones del llamado “sector popular”. Para lograrlo
se ofrecieron beneficios de manera demagógica y como en el tiempo en el que
este proceso se dio la mayoría de la población era analfabeta era lógico que
pegaran entre la gente. Las propuestas fueron llevadas a la realidad fueron la
Reforma Agraria, prestaciones imposibles de pagar, dinero a diestra y siniestra
y barbaridades de ese estilo. Para garantizar el control de las futuras
generaciones se manipuló la educación para adoctrinar a las personas desde
temprana edad justificando los diez años de matanzas por el poder que
representó la Revolución y de ese modo ocultar que se habían destruido los
logros del Porfiriato. Además, como lo señala Enrique Krauze en su novela: “la
familia revolucionaria hizo un pacto para guardar sus sucios secretos en un
armario bajo doble llave”. El “pan o palo” de Porfirio Díaz fue retomado por el
PRI ya que si no estabas con el régimen te ofrecía el pan en un principio y si
no lo aceptabas venía el palo que era básicamente persecución política. Con todo
lo anterior no es de extrañarse que el tricolor se perpetuara en el poder
durante 70 años o que el escritor peruano Mario Vargas Llosa lo calificara como
la “Dictadura Perfecta”. Actualmente el mexicano promedio es contradictorio:
dice odiar al PRI y su régimen pero no puede dejar de defender los supuestos beneficios
ofrecidos demagógicamente por el partido. El adoctrinamiento en su máxima expresión.
Lo anterior es más
aplicable a Andrés Manuel López Obrador que a José Antonio Meade y cualquier
persona que sepa la historia del PRI lo nota. MORENA está todavía en sus
inicios y al igual que el tricolor comenzó con alianzas con el llamado “sector
popular”. Las alianzas hechas con
sindicatos charros como la CNTE y el SME responden a esta afirmación. Les
está ofreciendo a ambos gremios la preservación de sus privilegios inaceptables
a cambio de su apoyo, siendo la CNTE el más conocido al querer derogar la
reforma educativo y permitir seguir con la compra, venta y herencia de plazas
que es muy rentable para el sindicato y muy dañina para la educación. En segundo
lugar está el poder absoluto que tiene al interior de su estructura partidista:
en MORENA nada se mueve sin el visto bueno de López Obrador, sí, del mismo modo
que en los tiempos de Plutarco Elías Calles donde nada se hacía sin su
consentimiento. Por lo tanto, López Obrador no tiene cara para criticar y menos
para reprochar lo que hizo el PRI en nuestro país, al menos no desde ese punto.
La incongruencia del mexicano de odiar al PRI pero alabar los supuestos logros
de su régimen se ve en los seguidores de López Obrador. Todas sus propuestas,
hasta su programa económico, son tomadas del partido y régimen que dice odiar. Su
programa económico fue tomado de las políticas de Luis Echeverría y José López
Portillo que fueron la causa de la crisis de 1982 y el actual estancamiento de
nuestro país.
Sin embargo, tampoco
crean que el candidato del PRI, José Antonio Meade sale tan bien parado en esta
entrada porque de él hay que decir algunas cosas. El apoyo de los sectores más
rancios del PRI es la prueba más clara de que con el no van a cambiar las cosas
en el país, ni para bien ni para mal. El que Mead sea el candidato del partido
de gobierno corresponde sin duda a una estrategia mediática porque él no milita
en el tricolor. Esto es benéfico, o por lo menos esa es la lógica a seguir para
el PRI porque se supone que no tiene las mañas de los que sí son militantes. Sin
embargo, el apoyo de las más arraigadas estructuras del partido y el tener la
consigna de tener bajo doble llave los secretos más sucios de la familia
revolucionaria es grave por lo que la impunidad puede continuar de llegar a la
presidencia. Esto es particularmente grave en el contexto electoral actual en
el que los votantes desean transparencia y hay que agregar los escándalos
recientes como los gobernadores prófugos o los sobornos que supuestamente
otorgaron los directivos de la empresa brasileña Odebrecht a Emilio Lozoya
durante la campaña de Enrique Peña Nieto, que fueron a dar a las cuentas de
esta y que a cambio se les concederían contratos públicos en caso de llegar a
la presidencia que en realidad ocurrió. Además, le echaron más leña al fuego al
destituir al titular de la FEPADE justo cuando investigaba el caso. Dedazo,
palo a los cuestionamientos y apoyo de los sectores populares más rancios
demuestran que el tricolor no aprendió de sus errores en los 12 años que estuvo
fuera de la presidencia. Aunque lo más grave es que en esos mismos años otros
partidos hayan copiado dichos vicios. Hace un tiempo hice una pregunta bastante
alarmante: ¿En dónde estamos parados?
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