A la mayoría de los millennials
(yo incluido) no les toco la época del presidencialismo absoluto, que consiste
en que el presidente es el que toma las decisiones sin consultar con el poder
legislativo o el judicial. Este sistema de gobierno fue fundado durante la
presidencia de Lázaro Cárdenas luego de expulsar a Plutarco Elías Calles. En
esencia, es una dictadura disfrazada de democracia, pues aunque se cambia de
presidente conforme al marco legal, el titular del ejecutivo ejerce el control
absoluto del país sin rendir cuentas a nadie. No fue sino hasta el final del
siglo pasado que los contrapesos comenzaron a hacerse evidentes cuando la
oposición al PRI tomó relevancia al apoderarse de la Cámara de Diputados luego
de las elecciones de 1997, y de ahí los contrapesos al poder presidencial
comenzaron a ser más efectivos. Aunque hay que decir que todavía queda mucho
camino por recorrer, si se ha avanzado mucho desde entonces.
Debemos recordar que el
PRD y MORENA salieron del ala izquierda del PRI, que era la que apoyaba al
estado controlando todo, hasta la economía, y de ahí fue de donde salió el
presidente López Obrador, pues de hecho se afilió al partido tricolor en la
época de Luis Echeverría, presidente partidario de una economía estatizada y
decidiendo que se podía fabricar y que se podía importar. De ahí que el
presidente haya estado en desacuerdo con el arreglo para otorgar créditos entre
el Banco Interamericano de Desarrollo y el Consejo Mexicano de Negocios, pues
es algo sobre lo que él no tiene control y además no puede sacar renta política
del acuerdo. Pero lo que se viene ahora con la abyección de los legisladores de
MORENA (salvo Porfirio Muñoz Ledo) para otorgar al presidente la facultad de
decidir sobre el presupuesto de egresos de la federación es inconstitucional y
estoy seguro de que responde a algunas predicciones que ya han elucubrado
algunos analistas y un servidor. En primer lugar, tenemos que el presupuesto no
alcanza para nada porque el presidente se ha embarcado en proyectos que tienen
poca rentabilidad y se construyen en su totalidad con recursos del erario, de
ahí que le hayan quitado dinero a salud, educación. Otro tanto por ciento se va
en los programas sociales, llamados del “bienestar”, que no ayudan a paliar la
pobreza, sino a obtener una masa de abyectos que no dudaran en votar por el
partido del presidente en las elecciones y el presidente quiere reacomodar el
presupuesto para garantizar sus proyectos inviables y que la masa de seguidores
que reciben dinero regalado de nuestros impuestos voten por su partido
político.
Y hablando de elecciones,
yo estoy seguro (y no soy el único, de eso también esto seguro) de que el
presidente López Obrador sabe muy bien que el año que viene tendrán resultados
adversos en las elecciones intermedias. Entre otros cargos, se renueva a los
integrantes de la Cámara de Diputados, que es la que tiene la facultad
constitucional de decidir el presupuesto de la federación, incluyendo por
supuesto la de recortar algunas áreas y aumentar otras. Además, la Auditoria
Superior de la Federación está a cargo de la misma Cámara de Diputados y no
dudo que si la cámara baja del congreso queda en manos de la oposición ejercerán
un control bastante pesado sobre el dinero gastado del presupuesto. Hasta ahora
el presidente no ha tenido problemas debido a que MORENA tiene mayoría de
diputados, por lo que el presupuesto pasa sin modificar una sola coma de la
solicitud del ejecutivo, pero eso podría cambiar el año que viene. Gobernar mal
tiene consecuencias, y el presidente López Obrador está a punto de conocer los
efectos negativos de su gobierno. Y lo peor del caso es que el presidente se
niega a rectificar el camino, pensando así que sus seguidores (que cada vez son
menos) lo seguirán apoyando hasta la ignominia.
Aunque eso sí, hay que
aclarar que el presidente López Obrador ha reiterado en diversas ocasiones que
se tienen los recursos para enfrentar la pandemia de coronavirus y la
consiguiente crisis económica mundial, pero su actitud y la evidencia muestran
lo contrario. En otro acto de autoritarismo, se ordenó que los funcionarios
públicos que tuvieran un sueldo superior a 25 mil pesos (unos 1250 USD al tipo
de cambio actual) tendrían que “donar” de manera obligatoria el 25% de su
sueldo y no tendrían aguinaldo (un bono que se otorga a los trabajadores a fin
de año y que en la legislación mexicana es una prestación obligatoria) para
obtener los recursos para paliar la crisis. Aunque los cálculos más optimistas
indican que solo se obtendría menos del 1% de los recursos que se necesitan
para enfrentar la pandemia, el presidente lo hace para quedar bien con sus
seguidores, que votaron por él para quitar la pensión vitalicia que tenían los
ex presidentes desde el momento en el que dejaron el cargo. Sin embargo, la
crítica a la medida no se hizo esperar, pues el aguinaldo es un derecho de los
trabajadores plasmado en la legislación laboral mexicana, incluso en el
artículo 123 constitucional. Y por eso dijeron que sería voluntario. Como dice
Brozo, son tan básicos que no te puedes tragar ese cuento, pues aunque dicen
que la firma de la carta compromiso no es obligatoria, no me cabe la menor duda
de que van a vilipendiar a aquellos funcionarios que se nieguen a renunciar a
sus derechos laborales. ¿Dónde está la secretaria del trabajo, Luisa María
Alcalde, que es muy buena para denunciar los atropellos del sector privado pero
se hace ojo de hormiga con los abusos del gobierno hacia los trabajadores del
Estado? Y por eso reitero que no me cabe la menor duda de que la izquierda que
dice defender al proletariado hablando de sindicatos y derecho a huelga y otras
cosas que suenan muy bonitas, son los mayores explotadores de la clase
trabajadora al negarles esos derechos a los obreros que dicen proteger. Pero en
fin, el autoritarismo del presidente da mucho para escribir.
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