Mientras todos estamos
encerrados en nuestras casitas esperando que pase la emergencia sanitaria
producto de la pandemia de Covid-19, la clase política mexicana sigue haciendo
sus desatinos. En realidad, esto no me sorprende en lo absoluto porque el gobierno
actual está conformado por personas ignorantes y miopes que no pueden ver más
allá de la próxima elección, aunque también es un problema que se extiende a la
oposición, que no ata ni desata ante una administración que no atina una sola. Con
estos ingredientes, la mesa está servida para el desastre en México y no tanto
por la pandemia, sino por los efectos que traerá a consecuencia de este
encierro forzoso ordenado por nuestras autoridades y que está sacando a relucir
el dictador interno que llevan uno que otro de los gobernadores y el
presidente.
Como antecedentes tenemos
los malos resultados económicos durante el año pasado, en el que la economía
creció alrededor de -0.1% y se crearon 342 mil empleos, la mitad de los creados
en 2018. En esta materia, el gobierno está tratando de rescatar
infructuosamente a PEMEX inyectándole dinero que arrojó como resultado que la
empresa tuvo pérdidas del 92% con respecto a 2018 mientras las calificadoras
reducen a basura los bonos de deuda emitidos por la empresa. Además de todo, el
cambio del Seguro Popular al INSABI tiene de cabeza al sector salud, pero no
solo eso, sino que el nuevo mecanismo de compras del gobierno (hecho de manera
improvisada, el sello de esta administración) junto con los subejercicios de
presupuesto en dicho rubro provocaron una persistente escasez de medicinas y
material de curación sin que el gobierno tenga intenciones de resolverlo. La inseguridad,
un problema que tiene al país de cabeza desde hace trece años parece no ceder,
al contrario, tal parece que la estrategia de “abrazos, no balazos” del
presidente está teniendo efectos contraproducentes en el número de asesinatos
del país. Y peor aún: el presidente saluda a la madre de Joaquín “El Chapo”
Guzmán, en una evidente falta de respeto hacia los familiares de desaparecidos
y a las fuerzas castrenses que arriesgan sus vidas todos los días para mitigar
el problema que ha convertido a este país en un cementerio enorme.
Concentrándonos en la
debacle económica que se viene luego de terminar con el confinamiento
obligatorio, la desnortada administración de Andrés Manuel López Obrador en
lugar de ayudarnos a salir del agujero, tal parece que pretende hundirnos más en
él. Con el parón de la economía, se teme por la pérdida de puestos de trabajo y
aun así el presidente se ha negado a tomar medidas para salvar empleos y por
consiguiente el ingreso de millones de mexicanos. Si con las medidas que están
tomando en otros países la caída va a ser brutal, ¿se imaginan que pasaría en
nuestro país, en donde el presidente le tiene animadversión a la iniciativa
privada? Así, mientras en Estados Unidos, la Unión Europea y varios países asiáticos
están impulsando programas para mantener la planta productiva nacional, tal
parece que en México el gobierno piensa que con sus programas sociales
electoreros va a asegurarle el ingreso para las familias. De ahí que durante
mucho tiempo no quiso retrasar las declaraciones fiscales “porque el gobierno
necesita recursos para hacerle frente a la pandemia”. Sin embargo, hay indicios
muy fuertes de que el gobierno no tiene los recursos que necesita. Basta con
ver algunas de sus acciones como el querer (violando la ley, faltaba más) que
los funcionarios públicos que ganen más de 25 mil pesos (1250 USD) donen el 25%
de sus salarios y que no cobren aguinaldo (un bono otorgado a los trabajadores
durante el fin de año) con el fin de hacerse con recursos aunado a la negativa
de gastar el 75% de los gastos operativos del gobierno (que incluye los
recursos para comprar medicinas y material de curación en los hospitales del
país y que desde el año pasado sufren una persistente carencia de dichos
materiales). Y para terminar de rematarla, el presidente se ha negado
rotundamente a cancelar sus proyectos de infraestructura que en lugar de dejar
ganancias, las pérdidas las pagaremos todos y cada uno de nosotros: el Tren
Maya, el Aeropuerto de Santa Lucía y la refinería de Dos Bocas, aun cuando la oposición
(y con toda razón) pide que se cancelen y que esos recursos sean empleados en
financiar al sector salud.
Pero el ridículo mayor lo
hizo la Secretaria de Energía, Rocío Nahle. Esta señora es Ingeniera Química de
profesión y tiene maestrías relacionadas con petróleo, pero yo tengo mis dudas
que tenga todas esas credenciales viendo el espectáculo cómico que hizo a nivel
mundial ante la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Para que
me entiendan, la OPEP es una organización bastante mafiosa (no por nada muchos
economistas y especialistas en energía han denominado a la OPEP como “el cártel
del petróleo”), dirigida prácticamente por la familia real de Arabia Saudita,
cuyo monarca es cómo el Vito Corleone de la industria petrolera mundial. Y debido
a la caída en la demanda de petróleo derivado de la pandemia, pues los precios
han caído de manera espectacular en todo el mundo (el reflejo lo podemos ver en
el abaratamiento de la gasolina en México). La OPEP citó a una reunión a los
países productores del oro negro, sean miembros o no, para reducir los volúmenes
de extracción y poder aumentar el precio con el objetivo de paliar un poco la
crisis de los precios. Como el gobierno mexicano tiene unos planes irreales con
la industria petrolera, como construir una refinería en un mundo donde hay un
excedente de refinación y en el que el petróleo ya está siendo desplazado por
otras formas de energía además de pensar de manera ilusa que aumentar la producción
del aceite de roca va a rescatar a PEMEX, al escuchar la petición de la OPEP de
recortar la producción mexicana en 400 mil barriles diarios, Nahle dejo la reunión
y eso fue tomado como una afrenta por los árabes, que en represalia le han
quitado sus clientes a México, especialmente en Asia y Norteamérica. Y para
rematar, el martes 21 hubo una caída espectacular en el precio de la mezcla de
referencia West Texas, que se llevó consigo el precio de la mezcla mexicana a
una cotización negativa, es decir, en lugar de cobrar por el petróleo, el
productor paga porque se lo lleven y todavía celebrando Rocío Nahle por sus
desatinos.
Y ya en serio, estoy
harto, cansado de ver a un gobierno que no da una, que improvisa y que culpa a
otros por los errores que han cometido. Es evidente que a Andrés Manuel López
Obrador le quedó muy grande el puesto de presidente. El piensa que con sus
geniales programas sociales va darle prosperidad a la población, pero con la
economía quebrada no habrá manera de financiarlos. Muchos dicen que la causa de
la crisis que está viviendo México actualmente es a causa de la pandemia, sin embargo,
la verdad es que solo ha desnudado al gobierno de la transformación nacional de
cuarta (ahora mejor de quinta) y mostrándolo como es: un gobierno ignorante y
miope que no ve que nos aproximamos al despeñadero y por eso no corrige el
rumbo. En mi opinión, la pandemia lo único que hizo fue acelerar la debacle de
un gobierno totalmente ajeno a la realidad.
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