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viernes, 3 de agosto de 2018

Sin romper con el pasado


Hay cosas que en realidad puedo comprender, pero la verdad los tiempos tan turbulentos que corren el día de hoy son bastante complejos. Las pasadas elecciones presidenciales dejaron el claro el hartazgo de los mexicanos con la clase política, pero no estoy seguro de que sea un rompimiento con el pasado. Estoy de verdad convencido de que el mexicano promedio prefiere su zona de confort antes que tomar las riendas de su vida, y eso es independiente de la clase social o nivel educativo. La mayor parte de los mexicanos, e insisto que es independiente de la clase social o nivel educativo, desea sacar todo del Estado: empresarios que quieren contratos gubernamentales sin concurso, campesinos que quieren apoyos económicos para sembrar, profesionistas que quieren engrosar la burocracia o sindicatos que quieren tener la exclusividad sobre un gremio. También se desea que el Estado tenga el control de todo para que disminuya la corrupción, aunque en realidad esto sea contraproducente.
Estoy convencido de tener los elementos históricos para sostener que lo anterior procede del hecho de que nuestro país conserva formas monárquicas absolutas. En una monarquía absoluta el rey o emperador es el que dicta las leyes, otorga concesiones y decide sobre la economía y todos los aspectos de la vida de sus súbditos. Las “tres grandes transformaciones” que son la Independencia, la Reforma y la Revolución no han roto con ese orden en esencia. Para muestra un botón: el artículo 27 de la Constitución que indica que la “Nación” (el gobierno en términos simples) es el dueño de tierras y recursos naturales y que “la Nación” los puede ceder a los particulares para dar origen a la propiedad privada y que “la Nación” puede imponer sus intereses a la propiedad privada. Esto ha llevado a una terrible corrupción y los consiguientes abusos de autoridades y particulares: por un lado los recientes decretos sobre el agua y los despojos por parte de compañías mineras, y por el otro la expropiación de empresas a capricho del gobernante en turno cuando los particulares no se someten a la voluntad del caudillo. La verdad también creo que en lugar de avanzar hemos retrocedido puesto que en la Colonia había más movilidad social y la educación era más igualitaria que en el México moderno. Y esto es porque la “Nación” ocupa la figura del rey.  
La verdad es que por eso es que no me tragó el cuento de que en este país se desterró a la monarquía, sino que existe por lo menos en el funcionamiento del gobierno. Nuestras “republicanas y democráticas” autoridades se han comportado como reyes absolutos, si no me creen, vean a los presidentes priistas, a Juárez, a Santa Anna, a Díaz y a otros tantos más que han gobernado el país. Los que sí podríamos llamar monarcas en toda regla son Agustín de Iturbide y Maximiliano de Habsburgo, y fueron más demócratas y republicanos que los personajes que mencione en líneas anteriores. La prueba está en el hecho de que nuestro país ha tenido gobiernos funcionales durante las dictaduras (el Porfiriato y el Priato) y en periodos de “democracia republicana” ha sido un desastre. Los periodos de desastre de los que hablo son el que abarca de la Independencia a la República Restaurada, la Revolución Mexicana y el periodo actual, los tres caracterizados porque la clase política está más ocupada en pelearse por el poder mismo y la manera en que pueden medrar mejor con él. ¿A qué se dedicó la clase política gran parte del siglo XIX? A pelear por el poder, igual que ahora.
Para mí es más que evidente que el gobierno de López Obrador tiene los tintes de monarquía absolutista antes mencionados dados los acontecimientos que han marcado su vida política. En sus inicios fue militante del PRI durante 17 años, dejando el partido únicamente cuando dejó el keynesianismo para inclinarse por el “liberalismo”, aunque nunca aplicó esas ideas cabalmente el partido tricolor. En segundo lugar, se formó como político durante los mandatos priistas de Luis Echeverría y José López Portillo, que no por nada fueron los gobiernos más autoritarios del partido tricolor y los que desataron la peor crisis económica y social de nuestra historia. Esto es algo grave, porque López Obrador está dispuesto a imponer a Manuel Bartlett en la dirección de la Comisión Federal de Electricidad sin tomar en cuenta que es señalado por la vox populi como el autor intelectual del fraude electoral de 1988 y por tener un paso bastante negro como gobernador de Puebla. Además, el proyecto de tener un solo delegado federal en los estados y la instalación de dependencias federales fuera de la capital del país obedece a un dese de controlar a los gobernadores políticamente más que para ahorrar dinero o detonar el desarrollo económico. El federalismo es algo que históricamente ha existido en teoría, pero en la práctica es un centralismo de facto y bastante fuerte que tampoco ha impedido la corrupción al interior de los gobiernos estatales. Lo que el país necesita urgentemente es construir instituciones fuertes pues el control de un caudillo no dura para siempre y podremos volver justo a donde comenzamos pero de peor manera.

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