Hay cosas que en realidad
puedo comprender, pero la verdad los tiempos tan turbulentos que corren el día
de hoy son bastante complejos. Las pasadas elecciones presidenciales dejaron el
claro el hartazgo de los mexicanos con la clase política, pero no estoy seguro
de que sea un rompimiento con el pasado. Estoy de verdad convencido de que el
mexicano promedio prefiere su zona de confort antes que tomar las riendas de su
vida, y eso es independiente de la clase social o nivel educativo. La mayor
parte de los mexicanos, e insisto que es independiente de la clase social o
nivel educativo, desea sacar todo del Estado: empresarios que quieren contratos
gubernamentales sin concurso, campesinos que quieren apoyos económicos para
sembrar, profesionistas que quieren engrosar la burocracia o sindicatos que
quieren tener la exclusividad sobre un gremio. También se desea que el Estado
tenga el control de todo para que disminuya la corrupción, aunque en realidad
esto sea contraproducente.
Estoy convencido de tener
los elementos históricos para sostener que lo anterior procede del hecho de que
nuestro país conserva formas monárquicas absolutas. En una monarquía absoluta
el rey o emperador es el que dicta las leyes, otorga concesiones y decide sobre
la economía y todos los aspectos de la vida de sus súbditos. Las “tres grandes
transformaciones” que son la Independencia, la Reforma y la Revolución no han
roto con ese orden en esencia. Para muestra un botón: el artículo 27 de la Constitución
que indica que la “Nación” (el gobierno en términos simples) es el dueño de
tierras y recursos naturales y que “la Nación” los puede ceder a los
particulares para dar origen a la propiedad privada y que “la Nación” puede
imponer sus intereses a la propiedad privada. Esto ha llevado a una terrible corrupción
y los consiguientes abusos de autoridades y particulares: por un lado los
recientes decretos sobre el agua y los despojos por parte de compañías mineras,
y por el otro la expropiación de empresas a capricho del gobernante en turno
cuando los particulares no se someten a la voluntad del caudillo. La verdad también
creo que en lugar de avanzar hemos retrocedido puesto que en la Colonia había
más movilidad social y la educación era más igualitaria que en el México
moderno. Y esto es porque la “Nación” ocupa la figura del rey.
La verdad es que por eso
es que no me tragó el cuento de que en este país se desterró a la monarquía,
sino que existe por lo menos en el funcionamiento del gobierno. Nuestras “republicanas
y democráticas” autoridades se han comportado como reyes absolutos, si no me
creen, vean a los presidentes priistas, a Juárez, a Santa Anna, a Díaz y a
otros tantos más que han gobernado el país. Los que sí podríamos llamar
monarcas en toda regla son Agustín de Iturbide y Maximiliano de Habsburgo, y
fueron más demócratas y republicanos que los personajes que mencione en líneas anteriores.
La prueba está en el hecho de que nuestro país ha tenido gobiernos funcionales
durante las dictaduras (el Porfiriato y el Priato) y en periodos de “democracia
republicana” ha sido un desastre. Los periodos de desastre de los que hablo son
el que abarca de la Independencia a la República Restaurada, la Revolución
Mexicana y el periodo actual, los tres caracterizados porque la clase política
está más ocupada en pelearse por el poder mismo y la manera en que pueden
medrar mejor con él. ¿A qué se dedicó la clase política gran parte del siglo
XIX? A pelear por el poder, igual que ahora.
Para mí es más que
evidente que el gobierno de López Obrador tiene los tintes de monarquía
absolutista antes mencionados dados los acontecimientos que han marcado su vida
política. En sus inicios fue militante del PRI durante 17 años, dejando el
partido únicamente cuando dejó el keynesianismo para inclinarse por el “liberalismo”,
aunque nunca aplicó esas ideas cabalmente el partido tricolor. En segundo
lugar, se formó como político durante los mandatos priistas de Luis Echeverría
y José López Portillo, que no por nada fueron los gobiernos más autoritarios
del partido tricolor y los que desataron la peor crisis económica y social de
nuestra historia. Esto es algo grave, porque López Obrador está dispuesto a
imponer a Manuel Bartlett en la dirección de la Comisión Federal de
Electricidad sin tomar en cuenta que es señalado por la vox populi como el
autor intelectual del fraude electoral de 1988 y por tener un paso bastante
negro como gobernador de Puebla. Además, el proyecto de tener un solo delegado
federal en los estados y la instalación de dependencias federales fuera de la
capital del país obedece a un dese de controlar a los gobernadores políticamente
más que para ahorrar dinero o detonar el desarrollo económico. El federalismo
es algo que históricamente ha existido en teoría, pero en la práctica es un
centralismo de facto y bastante fuerte que tampoco ha impedido la corrupción al
interior de los gobiernos estatales. Lo que el país necesita urgentemente es
construir instituciones fuertes pues el control de un caudillo no dura para
siempre y podremos volver justo a donde comenzamos pero de peor manera.
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